Sentirse libre y ser libre

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Hablar de la libertad ha sido motivo de discusión entre filósofos y pensadores de todos los tiempos, motivo por el cual, advierto, mi forma de escribir sobre este tema puede resulta demasiado liviana. No obstante, la complejidad de abordar esta materia no debe ser motivo de miedo, restricción o declinación para quien desee hacerlo, pues cualquiera que lo intente le resultará provechoso tratar de sumergirse, aunque sea superficialmente, en las profundidades del mismo.

Hace algunos días escuché en televisión al presidente de RN, Carlos Larraín, que aseveraba con mucha gracia -como lo hace él en forma tan peculiar y hasta casi ridícula- que a la derecha le gusta la libertad e identificaba a los miembros de la Alianza como gente que disfruta de la libertad.

Sin embargo, he visto un concejal UDI por Santiago que pretende enrejar el Parque Forestal, a unos que propusieron el toque de queda legal para cortar las libertades individuales y la entretención, a alcaldes que se niegan a repartir la píldora del día después y a otros que se niegan a discutir cuestiones valóricas por el solo hecho de imponer sus tendencias metafísicas frente a un debate legítimo (eutanasia, aborto terapéutico, unión de parejas homosexuales). Todo esto, además de haberse hecho defensores de una dictadura, a la cual hasta hoy defienden de manera colegiada.

No entiendo por libertad lo mismo que este señor Larraín y otros que usan extrañamente el término libertad, la cual -al parecer- puede ser mirada como mejor nos plazca. Más de alguna vez he llegado a pensar que nos gusta ser libres, pero que le tenemos un tremendo miedo a practicar esa forma de sentido y sentimiento.

Sobre la libertad se han dicho y escrito cientos de cosas y se seguirá diciendo mucho. Se argumenta que siendo el hombre libre no lo sería del todo, pues tiene sus actividades reguladas por pautas de conducta que le dicen lo que debe y lo que no debe hacer. A éstas se suma la contradicción que sostiene que aún teniendo la conducta regulada por normas y leyes, existe la disyuntiva de lo que el individuo decide o no hacer, otorgándole otra acepción a la palabra libertad: la de libre albedrío.

Sentirse libre es eso que no se encuentra en ningún lugar más que en uno mismo. No se compra por kilos ni mucho menos, tampoco se gana ejerciendo la fuerza por sobre la razón. La libertad es sentir en uno mismo, libertad de vivir la vida, de gozarla, de hacer lo que uno quiera, con responsabilidad.

Vivir libre, experimentando la libertad en todo momento, es sabernos con la posibilidad de expulsar de nuestras vidas los dogmas, capas, trancas, estructuras mentales y condicionamientos socio-culturales, que ¡pucha! que nos han dañado por siglos.

Me siento con la libertad de ser y hacer lo que se me venga en gana No quiere decir que vaya a pasar por encima de los demás o de la vida, sino que haga lo que haga, diga o escriba, ya no me importa, debido a que el único que me juzga soy yo mismo.

Tanto que se habla de la libertad y tan poco que se practica. Los sofistas de siempre son capaces de usar y abusar de esta palabra, de darnos lecciones sobre cómo has de vivir tu vida; hay filosofías de vida que rayan en lo patético, diciéndonos que si no estás en la línea del dogma que ellos conocen, conciben y administran, tú no eres libre; justamente aceptan dogmas que son la jerarquización de los pensamientos, el bloqueo de preguntarse los porqués de la vida y de buscar respuestas propias, emanadas del conocimiento recibido más de las experiencias que te entrega la vida.

Soy libre en la medida que vivo en plenitud, me acepto, hago lo que pienso y no aparento para la platea; soy libre si el bien común es para todos y no está decretado por ordenanzas.

Dejo de ser libre en el momento en que hablo diferente de lo que ejecuto, dejo de ser libre cuando altero mi entorno natural y lo perturbo, cuando atormento a mis iguales, sometiéndolos a mis erróneos planteamientos y los obligo a vivir una vida reprimiendo palabras y sentimientos; o cuando, en definitiva, obligo a mi entorno a la forma esquemática de hacer las cosas según lo que creo que es correcto, justo y oportuno.

Cierro esta columna con la frase de Chesterton: “En el mundo moderno, la libertad es lo contrario de la realidad; pero es sin embargo su ideal”.

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