
Nuestra forma de celebrar Fiestas Patrias es, en muchos momentos, una extraña manera de hacernos daño, donde en vez de celebrar debemos reventarnos hasta morir, como si el próximo año no hubiera de nuevo este tipo de festividad para repetir el ritual, que más que folclórico parece el banquete del cumpleaños del dios Baco.
Además, para tomar siempre hay motivo. ¿Pero qué celebramos el 18 de septiembre? Hasta para eso somos extraños.
Sí, porque el 18 de septiembre de 1810 se conformó la Primera Junta Nacional de Gobierno, un órgano colegiado creado en un cabildo abierto con el fin de crear un instrumento administrativo gubernamental y tomar medidas de resguardo frente la prisión de Fernando VII, Rey de España, por parte de Napoleón Bonaparte.
Es la primera vez que nuestro país se ve enfrentado a una especie de acto de emancipación, pero no pensando en darse independencia, sino resguardo y mantener fidelidad al Rey.
Se inicia así el período de la Patria Vieja, que se extiende hasta 1814. Este año, las fuerzas realistas, luego de la batalla de Rancagua, recuperan el poder e inauguran el intervalo conocido como la Reconquista.
Recién el acta de independencia se firma en Talca, próxima al río Piduco, el 12 de febrero de 1818, cuando el Ejército patriota probablemente hacía un alto en su cabalgata y en medio de alguna ramada, mientras descansaba don Bernardo, ha de haber dicho, como buen chileno, no hemos escrito un acta de independencia.
Y con su nivel de instrucción seguramente redactó dicho documento, dando por realizado el trámite, que es reproducido en otras ciudades.
Es historia, y como dicen, la historia se puede reescribir, inventar si no se tienen los datos exactos, admitir que nada se da como fue en su momento.
Desde el instante en que aceptamos un calendario gregoriano imperfecto, creemos que el hombre pisó la Luna, que las Torres Gemelas las derribaron fuerzas terroristas del Medio Oriente, que el Tamiflú elimina la porcina, que Redbull nos da alas, que los marcianos llegaron bailando cha-cha-cha, nada debe admirarnos, menos celebrar la independencia un día que no fue; además, si hasta las ramadas las hacemos con techo de plástico, en vez de tonadas y cuecas, bailamos reggaeton y música tropical o mexicana, y nos disfrazamos de huaso, pero no de cualquier huaso, sino nada menos que de patrones de fundo, con botines caros y espuelas de plata.
Que carretiemos como enfermos y nos encalillemos es un problema que nos cruza y acompleja. Levantamos cientos de fondas provistas de comistrajo y mucho copete para regar nuestros pensamientos haciendo aflorar nuestro patriotismo, que nace en esta fecha y ha de dormir el resto del año.
La cueca se escucha en malls y paseos peatonales. Muchos realizan el intento de aprender a bailar a última hora, sobre todo autoridades, que no en uno, sino en varios momentos hacen el ridículo, pero vale la pena. La patria perdona no sólo no saber bailar, sino estar de fiesta sin tener claridad por qué se esta de fiesta.
Seguimos el 19 con las Glorias del Ejército, nuestro gallardo Ejército vencedor, jamás vencido. Lo extraño es que muchas veces en el año conmemoramos batallas perdidas.
Está claro que ocho años de diferencia no deben alterar las celebraciones del bicentenario.
Además, en 2018 podemos crear otra magna celebración y luego capaz que nos inventemos la posibilidad de que 2023 podamos darle festividad a la Constitución de Freire escrita por Egaña… Hasta podríamos pedirles a los legisladores y personeros que nos puedan regir en ese entonces que armen una nueva Constitución y así tenemos otro motivo de celebración.
Al momento de leer usted este artículo, habrá pasado un nuevo aniversario patrio. Estaremos en la puerta de la primavera, comenzaremos a preparar las vitrinas para las fiestas de fin de año y obviamente guardaremos todo lo que nos muestra nuestro patriotismo surgido en unos días de septiembre, hasta volver el año próximo con el ritual más popular y regado de nuestra convivencia.











