Cuando leo a muchos comentaristas de medios, cuando observo televisión y escucho a quienes se ponen en una pantalla a darnos puntos de vista, cuando comparto mi experiencia y la divulgo, no hago más que imprimir una pincelada de lo que entiendo por realidad.
Qué no daría para que tu derecho a ser escuchado y discrepar fuese eso, un derecho. Las censuras son odiosas, de mal entender la libertad, de justificar en nuestro propio prisma que el otro está errado y, por lo mismo, no debe hablar ni opinar. Opinar nos permite darnos ese grado de discusión, con altura, respeto, sabiendo que en una discusión bien generada se pueden encontrar puntos de vista complementarios. No porque tú desconozcas algo que yo sé, o viceversa, estaremos alterando nuestra forma de relacionarnos; por el contrario, tus puntos de vista y expresiones son siempre un aporte, entendiendo que te has instruido en el tema que discutes, que tus pasiones las regulas y no haces que éstas te terminen llevando al descontrol, donde el insulto y la agresión se dejan ver.
Está claro que ninguna verdad, por absoluta que parezca, lo es en plenitud; siempre se puede llegar al cuestionamiento. Para muchos, suicidarse puede ser considerado un acto de cobardía, en más de un país asiático es un acto de honor. Para un sector de nuestra sociedad, hablar de la píldora del día después es una aberración y ni hablar del aborto, pero cuando se plantea la pena de muerte como salida rápida al problema de la delincuencia, el derecho a la vida termina y se escuchan coros para imponer tal error de naturaleza.
Pero así somos, nos creemos dueños de la verdad, pensamos que si el sol sale por la cordillera y se oculta por el mar, ha de ser para todos igual, aunque sea cosa de atravesar la cordillera y ver que no es tan así. Cuando buscamos una forma de hacer sociedad, para unos será la mejor; para otros, será una complejidad que no lleva a ninguna parte. Nada es blanco o negro y eso sí que está claro. Lo importante es hacer que nuestros matices sean una forma de complementar la discusión, y no hacer de nuestros postulados leyes absolutas. Errar es entender que el otro puede errar, entender además que no siempre estamos a la altura de quienes hablan y, sin embargo, el respeto nos permite complementarnos, ser más personas, armar una sociedad incluso con aquéllos que están en la vereda del frente.
Ayer hubo un acto de tolerancia, un país se autoconvocó para elegir Presidente. Todos sabíamos que dos candidatos seguirían hacia una nueva competencia. Lo importante es que si uno sacó más ventaja que otro, eso no significa que uno sea dueño de la verdad y que el oponente no tiene derecho a dar opinión. Aun más, se puede dar siempre la opción y lograr que el derrotado en este caso salga victorioso, pero más que poner el pie sobre el que no ha ganado, deberíamos integrar, darle la posibilidad de que discrepe, aunque sea contrario a mi forma de ver el horizonte.
No obstante, he de hacerlo desaparecer o ignorarlo. Todos tenemos una cuota de razón, y esta cuota debe ser la que nos acerque, más que las discrepancias por legítimas que sean.
Cada vez que escribo me alegro de que la gente discrepe; es más, siento una gran satisfacción de que exprese sus puntos de vista y, con respeto, haga saber su porción de verdad. Lo que no es aceptable es el insulto, la opinión barata, decir cualquier cosa que sume mayoría, ya que no es asertivo irse por la vida en el carril fácil. Es bueno mirar más allá de nuestra convicción social y hacer que el análisis sea con altura y nunca terminar con esas frasecitas tan manoseadas: “Quién es este fulano”, “cómo osa decir eso”, “de dónde salió y por qué se le permite que nos hable de esta manera”. Este tipo de argucias son las que hacen que la discusión se enferme y comencemos a creer que la vida sólo se puede mirar desde nuestro prisma. Esto no es así. Sólo seremos más tolerantes y capaces cuando comprendamos que la verdad, nuestra verdad, no es absoluta.






