Un guardián en medio del desierto

HAY UNA SERIE de personalidades que viven, hacen patria, comparten sus experiencias y terminan sus días sin honores. Sólo acercarnos al lugar que han habitado permite saber lo interesantes que han sido y el importante aporte en su hábitat. Cuando parten, se va una parte importante de la historia con ellos. No me refiero a algún escritor o artista, menos a una figura de protagonismo público. Sólo pienso en don Roberto Saldívar, personaje que por años fue cuidador de la ex oficina salitrera Chacabuco. Si alguno tuvo la posibilidad de adentrarse en el desierto, habrá tenido la posibilidad de conocer a este ser nacido en España, que llegó muy joven a Chile con el exilio español de la revolución franquista.
Saldívar es un ser algo anónimo, que decidió pasar parte de su vida, desde junio de 1992, cuidando y dándole sentido de museo a un confín cargado de complejidades. Ocupó todos los quehaceres del lugar: administrador, historiador, nochero e informador del pasado. Describía los años de oro del salitre y de tormento en la noche oscura de la dictadura, cuando llegó con muchos otros como preso político. Chacabuco, como él bien me contó alguna vez, fue una salitrera de las más prósperas entre las más de 380 que poblaron esta gran extensión de territorio. Hoy, por cierto, a muchos se los ha llevado el desgaste del tiempo.

Es prudente hacer una pausa y detenerse a mirar qué dejó lo que ya es historia, gloria y tragedia, realidad y mentiras, prosperidad y decadencia, espiritualidad y conflictos; en definitiva, etapas cerradas que sólo el recuerdo permite traer a la memoria. Todo aquello quedó escrito en paredes y muros de estas oficinas. Es el tiempo que se desmoronó en nuestras manos. Hoy somos la sustracción del pasado que nace desde el cemento para conquistar el futuro que ya es presente. Chacabuco es el tipo de monumento donde el hombre puede rescatar lo suyo, salvarlo del devastador viento del olvido y darle la posibilidad de hacer vigente en el futuro nuestra historia.
En medio del desierto más árido del mundo, donde los recuerdos están presentes y los fantasmas deambulan susurrando en las esquinas, confundiéndose con el viento. Este lugar una vez fue distinto y será otro. Es donde vivió parte de su vida Roberto Saldívar. En este pedacito de universo, enlazándose todos los momentos que la humanidad supo vivir y padecer, dándose la gloria del progreso y la miseria humana. En este desierto, en que el día es quemado por los rayos más profundos del sol y el viento pareciera cantar en las esquinas una placentera melodía inmortal, como canto que libera su grito cautivo y clama con fuerza. Acá donde la noche es más intensa y limpia, donde el frío se presenta en cristalinas gotas de agua y nos hace ver el contraste real de nuestro mundo. Dos extremos que complementan un entero y nos muestran que esta fracción de tierra no está muerta, sino que permanece dormida. Es el lugar que él escogió para encontrarse con su pasado y mantenerlo vivo, recordando lo bueno y malo, refrescando en la mente que tenemos que caminar hacia un nuevo amanecer, teniendo claro que hubo una noche sombría y tenebrosa, la cual no debe ni puede volver a existir.
Aquí, donde la geografía nos invita a pensar y nos interna dentro de sus paisajes para que nos encontremos con la naturaleza hecha melodía, Roberto Saldívar se comenzó a licuar, depositándose en cada uno de los rincones. Hoy que no está físicamente, sin duda será ese gran guardián que se levanta, crece y se agiganta, permaneciendo en cada roca, porción de tierra, casa desolada y muros que dan proyección a este tipo de cementerios contemporáneos que aún se mantienen en nuestro norte.




gran valor don Roberto, lindo homenaje
Francisco Jorquera
Julio 20, 2009