De la gloria a la miseria

Se producía la visita del Dalai Lama, en abril de 1999, y cuando todos los detalles se habían salvado, incluyendo una cobertura de prensa muy potente no sólo por lo que significa que visitase Chile por segunda vez este Premio Nobel de la Paz, sino por lo que encarna el Dalai Lama para más de 800 millones de seguidores, se complicaba todo: al momento de iniciar la visita, la Iglesia Católica comunica el deceso de uno de los personajes más respetados e influyentes de la segunda mitad del siglo XX, don Raúl Silva Henríquez.
Esto sin duda complicaba nuestra programación, que hasta un día antes estaba bien cubierta. La muerte del cardenal nos obligaba a cambiar de planes.
Me amanecí pensando cómo hacía para que el Dalai Lama fuera atendido por los medios, para que su paso cobrara la importancia que pretendíamos: un mensaje de paz, una palabra de compasión para sus seguidores.
Pensé que sería un acierto llevarlo a la Catedral y logramos, después de varios escollos, acordar una hora donde entrara a presentar sus respetos. ¿Por qué ir a saludar al Cardenal muerto?, se preguntará usted.
Ellos habían recibido el Premio Asturias de la Libertad y desde sus diferentes ópticas veían la libertad como un don a conquistar por medio de la paz y el espíritu. Era una hermosa forma de hacer que dos corrientes filosóficas y religiosas se encontraran.
Hablé con el ya desaparecido padre Miguel Ortega, que me indicó que lo recibiría en la Catedral la mañana del 13 de abril.
Entraríamos por Bandera con la directiva de la Fundación Tíbet, compuesta, entre otros, por la actriz Rebeca Giglioto, la sicóloga hermana de Claudio Huepe y Humberto Barahona, en calidad de presidente de la fundación.
Así fue. Miguel nos esperaba en la puerta trasera de la Catedral y me pidió que no me despegase de él, porque no sabía cómo atender a esta visita.
Cuando no se tiene mucho contacto con este tipo de dignidades, es difícil saber qué protocolo o formalidad utilizar. Le respondí que no se complicara, que el Dalai Lama realizaría un ritual que involucra cosas muy simples.
Nos instalamos a un costado del féretro, el Dalai Lama preguntó a Miguel qué era lo que gritaba la gente, quien respondió: “Raúl, amigo, el pueblo esta contigo”. Reaccionó con emoción diciendo qué cariño le tiene el pueblo.
Luego comenzó el rito de recitar un mantra y deslizar sobre el ataúd una cata (especie de bufanda de seda blanca que posee escrituras en sánscrito).
En ese momento un coro comenzó a entonar un canto muy angelical, lo cual me provocó una grata sensación, era ver la vida expresarse frente a la muerte, ver la trascendencia, volver al origen y entender que todo nace y finaliza de una forma similar.
Era como elevarme con los que estábamos en medio de ese rito, pero algo me saca del contexto, un ser que está al frente mío me comienza a mover su mano, como una señal de “sale de ese lugar, no te corresponde estar ahí”.
Es nada menos que el presidente de la Fundación Tíbet. Vuelvo al mundo real, un igual a mí me representa su miseria y veo que la lección es ésa, entender que no podemos pensar en nirvana, en el cielo, si estamos en la Tierra, si estamos sumergidos en una serie de complejidades que se conjugan entre miseria, vanidad, ego, protagonismo, querer estar en el lugar de otro sin poderlo conseguir, en definitiva, radicalmente todo lo divino se transforma en la realidad.
Muchos de mis momentos los reescribo, analizo, doy interpretación logrando entender por qué las cosas pasan, el porqué estuve ahí, qué me deseaba decir la vida.
Creo sin duda que nada es porque sí. El señor Barahona no es un mal tipo, es un hombre muy corriente, que le tocó en ese momento mostrarme que vivo en la Tierra, en este espacio mundano y confuso.
Las miserias humanas se pueden manifestar de muchas maneras, en este relato reflejo una, pero no es la única. Sin duda usted habrá visto y vivido actos similares, de ese personaje que cree tener la verdad y denostar con soberbia que nosotros estamos equivocados; mirar al otro por sobre el hombro o sencillamente creerlo inferior.
Miseria no está referida propiamente a ver un humano sin sus necesidades cubiertas, miseria es el empobrecimiento del espíritu, lo más deteriorante que existe.



Creo haberte visto tiempo después en el funeral de la Rebecca. Ella fue un ser bellisimo, con quien fue adorable trabajar y a quien siempre recuerdo (después de un relato específico) diciéndome “me saqué una mochila de encima”.
Las mochilas también son las segregaciones, los estamentos que restringen esa fluidez que describes y, que tuvo esa escena en que el Dalai Lama sumaba su veneración sobre el ataúd del Cardenal.
Esa unidad en que los rituales se funden en una sola fuente, a la que todos sin distinción volvemos y, en la que somos simplemente energía.
Me llevaste a otros eventos similares.
Gracias.
vane miller
Junio 16, 2009
“espectacular el relato, nada que decir, claramente no hay cielo en la tierra (o es muy difícil de lograr) con esta hoguera de vanidades, a propósito me gustaría saber tus palabras o tu visión de porqué no se recibió en La Moneda al Dalai Lama en su última visita, un abrazo”
Jorge Jorquera
Junio 16, 2009