SIEMPRE ESTA PRESENTE
A mi pueblo hoy le escribo,
a mi pueblo bien amado,
a mi pueblo que un día
se llamó Nueva Bilbao.
Son todas aquellas calles
que me vieron nacer un día,
que en las noches me protegían
y en el día me sacudían.
Al vecino del “Corinto”,
al del lado, al del frente,
a la vieja copuchenta de la esquina
y a todos los presentes.
A este pueblo tan pequeño
que lleva algo distinto,
al bosque, el río,
sus paisajes, el mar.
Sobre el Mutrún
se levanta un altar
de la madre de los hombres
que resguarda la ciudad.
A esa escuela que recibí
mis primeras lecciones
y a los profesores
en su mundo abrutados,
aunque con sus malos tratos
me escucharon preocupados.
A todos esos amigos
que por chuecos los deje
y preferí un perro
que tuvo lealtad y fue más fiel.
Al liceo técnico que un día
a sus puertas llegué
y durante cuatro años
vi absurdos y engaños.
A cuantas otras cosas
que hacen la vida animosa,
a las gordas que abundan
y a la celulosa que inmunda.
A todo lo aburrido que con paciencia
se vuelve entretenido,
por la chispa y espontaneidad
que tienen los oriundos de esta ciudad.
En especial pondré a mi familia
que siempre hemos vivido unidos,
compartiendo juntos
todas las cosas de este mundo.
También hablaré de la Parroquia
y de la juventud vigorosa,
del Párroco latoso
y el cura chico odioso.
De tantos y tantas cosas
doy gracias a Dios,
porque si no hubiesen estado
nunca me habría visto realizado.
A este pueblo independiente,
aislado y hasta en momentos indolente;
pero es mi pueblo decente
y doy gracias por este tesoro,
que con las viejas cahuineras
y todos los curaditos
forman un cuadro
armonioso y bien bonito.




