Archivos diarios: Julio 14th, 2008


Hace unos días, Eugenio Tironi lo advirtió: “La gente no sabe qué hacen los diputados”. Obviamente, nunca lo sabrán si ellos no hacen desde dentro una campaña de información para que la gente entienda que ellos son legisladores, hacedores de leyes y no padrinos de distritos.

Esto es en gran medida culpa de los parlamentarios, porque ellos van como tía rica entre la gente dando aspirinas y diciendo siempre sí a todo. Lo penoso es que esos compromisos se transforman en esperanzas para varios y cuando no se pueden concretar o cuando olvidan las promesas, la recriminación empieza a multiplicarse.

El oficio del legislador es una buena parte realizado por personas que entregan su tiempo velando para que se cumplan las leyes que votan en el Congreso, digo en gran parte porque siempre hay algunos que no van a las sesiones, se ausentan por un par de meses o, simplemente, entran a la sala a marcar presente y al momento de ejercer el voto sobre un proyecto -el principal objetivo del ser parlamentario- no están.

Encontramos montones de leyes que fracasan por falta de quórum. Triste espectáculo, del que muchos medios se aprovechan para desacreditar a la clase política.

¿Pero qué está mal o no se ha hecho bien? Cuando alguien representa el voto popular debe hacerlo de la mejor forma posible y tener claro que su decisión es una acción legislativa que no puede contaminar el bloque al que pertenece, menos sus convicciones metafísicas o sus intereses personales o partidarios.

Al contrario, debe estar en sintonía con su universo elector, un ejercicio que muchas veces no se da y terminan votando muy lejos del sentir ciudadano.

A esto se suma una deficiente oficina de relaciones públicas, dedicada por años a convertirse en sitio de aduladores que sólo buscan estar bien con el cuerpo parlamentario, pero no a decir lo que la opinión pública piensa o cómo se puede salir a interactuar con ésta para dejar clara la labor por la cual los legisladores han sido electos.

Me podrán decir que se hacen seminarios, visitas guiadas, entrega de cartillas y hasta en la web del Congreso existe esta función, pero de qué sirve si la ciudadanía cada día ve más lejos a sus representantes, lo cual se debe a que el grueso de ellos no está cuando debe estar y no escucha cuando su debe escuchar para formarse una opinión y tener claro a qué aspira la gente.

Hace unos días, expuse en un chat que existe más de un parlamentario al que se lo comió el ego, que su nivel de altanería impedía sentirse en confianza para exponerle nuestras inquietudes y que el despotismo invadía a más de uno, haciendo que entre el electorado y él hubiera una brecha kilométrica.

Paradójicamente, cuando me encontré con el diputado en el que pensé al hacer estas afirmaciones, en vez de preguntarme por qué tenía esa opinión, se limitó a insultarme groseramente, cosa que me reafirmó que hay más de alguno al que se lo comió el ego.

El poder no es para servirse de los demás, si no por el contrario, para poner al servicio de otros la sapiencia y la voluntad de buscar soluciones que conduzcan al bien común.

Entiendo la democracia como un sistema perfectible, donde podamos expresarnos y buscar en el equilibrio de los actos individuales una mejor forma de hacer que nuestros iguales tengan una vida más digna, donde los derechos de cada persona sean respetados por igual.

Por eso no entiendo que quienes en algún momento sintieron sus derechos atropellados por la dictadura se conviertan ahora, con una cuota de poder, en pequeños dictadores. No es justificable, mucho menos entendible.

El poder, en definitiva, lo da el pueblo y también lo quita, a veces de forma violenta, con golpes de Estado, en otros instantes -que es lo más común- en las urnas, manifestando su reprobación a las gestiones mal hechas o su rechazo al despotismo que de representativo no tiene nada.

En el Congreso se debe discutir con seriedad y claridad. Los ciudadanos esperan leyes bien estructuradas, con proyección en el tiempo, no una tarea hecha a la rápida que luego tiene que ser modificada en cada período legislativo. Pero aparte de esta función principal, es importante que los honorables sepan tomar la temperatura a la población y entender en qué momento los puntos de sintonía están totalmente lejos.

El parlamentario no debe ser considerado un mal necesario, que se hace un sueldo con la plata de todos los chilenos y va por la vida haciendo las cosas a medias. Muy por el contrario, el legislador ha de ser visto con mucho respeto, como una autoridad que eleva el nivel de la sociedad, expresando mesura en su manera de relacionarse con las personas.

No digo que deje de ser humano, pero sí que debe ser un líder de opinión muy bien informado y capaz de convertirse en el guía social que nos hace falta.

Por ahora tendremos que conformarnos con un período legislativo muy por debajo de las expectativas de lo que debe ser.