Archivos diarios: Julio 7th, 2008

Rodrigo de Castro pasó a retiro el 30 de junio. Varios creyeron que moriría en el cargo. Un columnista de este diario dijo que el subdirector responsable acabaría rendido en medio de un cierre, como el pianista que interpretando su obra más sublime se desploma ante el piano o el general que acaba con una bala artera en la batalla. Algún otro acotó que sus restos iban a ser velados en el hall de La Nación y el presidente del Colegio de Periodistas haría un emotivo discurso, de esos que se acostumbran pronunciar, llenos de elogio, aludiendo a las virtudes del occiso y tratando de esconder las eventuales desavenencias.

Pero las circunstancias han querido que sea diferente. Para bien de él y de otros. De Castro llegó a La Nación cuando el diario empezaba a dar vuelcos, a tener un sitial distinto. Imprimió un sello propio, algo conflictivo según algunos, sui generis para otros, con portadas que enfurecieron a algunos senadores, las mismas que otros parlamentarios vieron con recelo. Cómo olvidar esa editorial en portada -buena, clara, de colección-; pero como estamos llenos de complejos y no entendemos lo que leemos, hasta algunos pares le quisieron prender fuego. Rodrigo es algo así como un ratón de biblioteca, nada de grave para enfrentar los comentarios atrevidos, acalorado si es necesario en la debate sin argumentos. “Somos los únicos que damos otra mirada a los hechos”, señalaría a la revista El Periódico cuando el diario llegaba a su edición 30 mil. El lunes, a las 18:15 horas, junto con dos amigos salió del diario casi alegre por la tarea cumplida. Dejó un aporte que hace más fuerte el eslabón que se ha ido construyendo de a poco en este medio, cuestionado, odiado, golpeado, felicitado, pero jamás ignorado, como reza en parte el eslogan de los 90 años.

Una despedida supone un comienzo nuevo, con todo el dilema que esto conlleva. Aún así, siempre queda la sensación de que la vida puede sorprendernos con algo inédito, porque lo pasado o lo viejo ya no nos va a poder sorprender más. Ahora la tarea pasó a manos de Marcelo Castillo. Interesante y entretenida tarea. Otra persona con sello propio, de ideas varias, energía abundante, algo le queda de cuando trabajó en Chilectra. Enhorabuena se logran cambios tan equilibrados y de consenso. No hay heridos en esta batalla. Tampoco nadie fue despedido. Al contrario, el primero sale con mucho agrado, el segundo entra como escoba nueva y aquí no vale el barre mejor, sino la idea de que barra como debe hacerlo, punto.

Chile necesita este tipo de gestos. Ojalá en las empresas existiera esta disponibilidad de los ejecutivos de hallar el momento adecuado para dar un paso a un lado y dejar que la sabia nueva ocupe su espacio, sin estar esperando que alguien muera. De igual forma, los políticos que piden tanta alternancia en el poder podrían tener una actitud similar y no sólo usar ese discurso para otros, haciéndose los locos cuando se les cuestiona que se apernaron y han armado una máquina para que nadie los corra. Entender en qué momento retirarse es sabio. Difícil eso sí: nuestro ego nos traiciona, haciéndonos sentir imprescindibles. Estamos dispuestos a creer que la máquina no funciona si no estamos y somos capaces de pensar de nuestros iguales o subalternos: ¿qué será de ellos si no estoy? Pero la vida es así, nadie es imprescindible. Estamos cuando nos toca estar y si no siempre existe alguien que ocupe ese espacio. Unos primero, otros después y los que están en la banca puede que entren a contribuir con su experiencia y profesionalismo.

Trabajar con responsabilidad y no en busca de aplausos, ése debe ser el lineamiento, ha dicho la Presidenta Michelle Bachelet y es muy cierto pero ¿estamos dispuestos? Bueno, eso es tototodo amigos y al igual que art attack, ahora le toca a usted, don Marcelo.