Alguien con capacidades diferentes

Cada diciembre se realiza la Teletón y este 2007 se cumplieron 29 años desde que Mario Kreutzberger inició la cruzada de 27 horas.
Cuestionada por algunos, sin duda el tiempo impuso un hito que ojalá perdure muchos años. Ser caritativo con quienes tienen capacidades distintas -como diría mi amigo cuadrapléjico Luke Santos- constituye un deber sobre todo en una sociedad que va como caballo desbocado, con puntos de referencia escasos y pasando encima de muchos, despreocupada de esos iguales a nosotros que han sido dotados de modo diferente por la naturaleza o a los que simplemente se les ha negado la posibilidad de ser más valentes.
Entiendo la Teletón no sólo como una gran cadena fraterna, sino como el momento en que comenzamos a reconocer como iguales a esos que veíamos y hacíamos diferentes. Siempre nosotros, por una forma necia de comportarnos, concebimos distinto a los que no nos parecen estar en condiciones similares a las nuestras. Soy de Constitución, un pueblo casi detenido en una botella. Cuando era niño cerca de mi casa vivía un personaje llamado Carlitos. Algo mayor que yo, pero con una forma propia de enfrentar su vida: él tenía la mirada de los que han nacido diferentes, con una sonrisa amable.
Su síndrome de Down hacía que lo consideráramos el tontito del barrio, el gordito a quien todo le costaba. Nuestra crueldad lo hacía un anormal. Es evidente que esa crueldad infantil y la espontaneidad de expresar lo que vemos y sentimos, nos llevaba a resaltar las diferencias y todas las cosas que nos permiten burlarnos del resto, esos que no alcanzan la estética que se nos muestra como el referente, donde los gordos, flacos, chicos, negros, cojos no están invitados.
Nuestra brusquedad, sumada al escarnio social que nos gusta expresar a menudo, no nos permite ver que detrás de los Carlitos existe un ser humano que siente, entiende y percibe el mundo igual que nosotros. Si bien su aprendizaje fue, es y será más lento, no quiere decir que no esté desarrollándose y captando el universo. Probablemente sea con más sensibilidad y simpleza, pero como no nos damos tiempo para conocerlos, preferimos reírnos.
Una mañana cualquiera lo encontré sentado en la acera. Los ojos llenos de lágrimas, rayando el piso con un palito. Al verlo así le pregunté qué le pasaba y me dijo: creen que no me doy cuenta que sólo se juntan conmigo para reírse de mí, sé que no soy como los otros, que no tengo las mismas habilidades, pero siento y entiendo plenamente que soy y seré diferente. Por primera vez comprendí lo fuerte que resultaba la marginación de esos que nosotros vemos distinto; cuán fuerte me resultó ese comentario y cuán potente la reflexión.
Aprendí la lección en forma concreta. Me involucré años más tarde con personas que vivían con seres frágiles y especiales. Jamás olvidaré la enseñanza de Carlitos, quien me abrió la posibilidad de conocerlos en forma más cercana. Sé que vive aún en mi antiguo barrio, que cuida de su veterano padre, que hace un par de años falleció su madre. Sigue siendo calmado, los rasgos propios de su condición, pero tiene un corazón muy grande, capaz de enviarme saludos por medio de mis padres cada vez que éstos lo encuentran en la calle.
Él es uno de los miles que habitan nuestro territorio con ese síndrome especial. Puede que fueran sorteados por la naturaleza, uno por cada 800 que nacen con un cromosoma más. Si bien los vemos como extraños y no les permitimos entrar en nuestro espacio tan limitado y circunscrito a los normales, sin duda lo hacemos por esa docta ignorancia que nos impide reconocer a los diferentes como humanos con capacidades distintas, seres al fin.
Sin lugar a duda, Don Francisco desde su gran obra, junto a los que creyeron en su proyecto y lo mantienen, hace posible acoger a quienes nacen y viven de forma distinta, con la posibilidad de integrarlos cada día más a lo cotidiano, sin tener que esconderlos o negarlos como parte de nuestras familias. Ése debe ser el gran reconocimiento a la obra del creador de la Teletón: dar a los distintos un espacio en la diversidad y aceptarlos como otros más que habitan en esta copia feliz del edén.


