“Aprende a morir y aprenderás a vivir. Nadie aprenderá a vivir si no ha aprendido a morir”. La pérdida de un ser querido es una situación por la que muchos hemos atravesado o atravesaremos. Cuando me disponía a participar en las actividades de asunción del mando de Michelle Bachelet, uno de mis más cercanos amigos, Kart Pingel Bock, ponía fin a su historia. Comparto mi dolor de la misma forma que en otros momentos comparto mis alegrías. Hay momentos para reír y otros, para llorar y sacudir el espíritu, rememorando infinidad de historias y anécdotas desarrolladas con quienes nos acompañan y que, probablemente, jamás esperamos que se fueran dejándonos con una pena difícil de superar.
Aunque es natural en la vida, no sabemos si por lo inesperado deja sin palabras. Nos apegamos a quienes nos acompañan, nos complementan y terminan siendo parte de nosotros. Toleramos su ausencia temporal, pero ante la muerte, el consuelo es complicado y la angustia se transforma en algo incómodo. ¿Será por esto que la pérdida de un ser querido golpea haciéndonos sentir un dolor como si nos hubieran arrancado una parte de nosotros mismos? Duele el cuerpo y el alma. Nos abocamos a una búsqueda sin fin. La mente escarba en los recuerdos, a un ritmo alocado, para hallar respuesta a las interrogantes, reviviendo escenas y recuerdos. Las lágrimas son el modo de sintetizar la desazón y la angustia.
Karl Pingel fue, para quienes lo conocimos, un ser de esos pocos que se dan ahora. De generosidad y capacidad creativa admirables. Amigo de sus amigos, un corazón lleno de buenos momentos, alegre por esencia. Nos dejó en un momento especial para Chile. Consciente de su enfermedad, danzó con la muerte de la manera más armónica posible y el 11 de marzo viajó a la eternidad. Nos hará falta. Lo extrañaremos, y desde aquí le agradezco por enseñarnos a conocer la complicada pero interesante vida. Una casta de políticos cercanos a la DC y la Concertación ha de haberlo escuchado más de una vez. Fue creador de mil sueños y enarboló las banderas de la democracia, como muchos anónimos seres que deambulan por el país sin cargos ni tributos por lo realizado.
Sólo quería compartir un momento de tristeza y pedirles que aprendamos a querernos más, a preocuparnos de nuestros cercanos, a acompañarnos sobre todo en los momentos en que nuestros iguales estén solos. Es reconfortante entregar amor, cariño y estar aunque sea para decir hola o para escucharnos. De nosotros depende hacer que la vida sea más llevadera. Vi por televisión los actos oficiales de la transmisión del mando y me envolvió la emoción, en especial al contemplar caras llenas de gozo pensando en una patria más justa y solidaria. Ésta es una forma tan amable de vivir la vida, donde los dolores compartidos se harán más llevaderos y tendrán un momento de aceptación y calma. Ojalá que los hombres anónimos de Chile, de la templanza y la altura de Karl Pingel, vean en esta columna un reconocimiento al granito de arena que han aportado para dar al país un futuro más reconfortante.